Diario de diseño de Bloodborne (6ª Parte)

“Ok, creo que eso es todo… Ya he bajado a las alcantarillas, me he encargado de todo antes de Gascoigne y he despejado los callejones de todos los Esbirros del Cazador. El centro de Yharnam debería estar ya completamente vacío.

Ay, maldita sea… El puente… Bestias infectadas… –suspiro–. Venga, vamos al lío…”

Es mi sexta partida con el sistema New Game+ y esta última vez se ve claramente cómo ha aumentado la dificultad del videojuego. Bloodborne ya es de por sí todo un reto y además con este sistema se ha ido complicando un poco más cada vez que lo he terminado y empezado una nueva partida. Por supuesto, podría haber parado cerca del final de la primera o segunda vez, limitando así ese incremento de dificultad y haciendo lo que tenía que hacer, pero ¿qué gracia habría tenido eso? El juego todavía me podía ofrecer desafíos interesantes y eso es algo que no podía rechazar.

… A veces no elijo las cosas que más me convendrían en la vida.

Esta partida está dedicada especialmente a aprender los entresijos del Arma con truco Bastón enroscado, técnicamente una de las armas iniciales disponibles. Pero como ocurre con todas las Armas con truco en Bloodborne, ninguna es realmente mejor que el resto, así que arma inicial o no, es más bien una cuestión de preferencias y estilo de juego. Dicho esto, recuerdo con un punto de nostalgia la Espada sagrada de Ludwig +10 en mi inventario, mi arma favorita y la principal en anteriores partidas. El caso es que, aunque me gusta pensar que con su gracia y delicadeza un bastón con estoque que además se transforma en un látigo dentado es más de mi estilo, en realidad me parecía mucho más gratificante poder machacar lo que fuera con una gran espada gigante.

De todos modos el objetivo de esta partida no era solo acabar el juego sino investigar. Era importante que las Armas con truco se vieran con naturalidad en la adaptación al juego de mesa, ya que se trata posiblemente del elemento más característico de Bloodborne. Estas armas tenían que tener su propia representación en el juego de mesa. Claro que podría haber mirado en Internet, haber leído sobre ello, haber revisado sus características, haber visto lo que los jugadores decían sobre cada arma y demás. Pero para entender realmente cómo funcionaban tenía que probarlo por mí mismo y dedicarle el tiempo necesario.

Pero lo cierto es que, en este caso, realmente echaba mucho, mucho de menos mi Espada sagrada.

Este estilo con secuencias de ataque rápido, esquivar, atacar, transformar en látigo, usar látigo y esquivar, aunque es visualmente impresionante, no está hecho para mí. Pero de nuevo, me recordaba a mí mismo que ese no era el objetivo. No estaba probando esta arma para mí, sino para los jugadores que al abrir la caja y ver un Cazador con un Bastón enroscado pudieran decir: “¡Sí! ¡Me pido el Bastón enroscado!”, “¡Ese es mi rollo!” (Que podría ser algo totalmente real que diría alguien). El caso es que era importante que, cuando eso pasara y alguien empezara a usar esa arma, la experiencia se correspondiera a sus expectativas, que su experiencia de juego estuviera a la altura de lo que esperaban del juego de mesa. Si eligieran ese arma y acabaran teniendo la sensación de estar empuñando un Martillo eclesiástico o un combo de antorcha/escudo, entonces es que en algún momento del proceso de diseño, la hemos fastidiado.

Tras haber despejado por tercera vez el centro de Yharnam, regresé al Sueño del cazador y dejé el mando. Esta partida había sido, digamos que… esclarecedora. Abrí el documento de las Armas con truco y me puse a editarlo. Aunque originalmente lo había planteado de tal manera que el látigo causaba más daño que el bastón, durante mis sesiones con el videojuego había comprobado que era justo al contrario. Aunque sabía que el látigo daba más seguridad y defensa debido a su mayor alcance, no me di cuenta realmente hasta que no jugué con él. Comprobé que las capacidades que había asignado a cada cara tenían que invertirse. Había designado el lado más dañino para el látigo, que tendría que haber sido el más defensivo, mientras que el bastón era el que tenía que ser el más dañino de los dos.

Al comprobar pequeñas cosas como esta vi que había sido necesario jugar mi sexta partida. Sí, puede que fuera un poco excesivo dado el porcentaje de la experiencia de juego global en el juego de mesa que acabaría aportando algo así, pero para mí fue muy importante… Por supuesto, también ayudaba que disfrutara como un enano jugando a Bloodborne. Había algo en este juego que me enganchaba y lo que había empezado como una tarea de investigación para el juego de mesa se acabó convirtiendo en una profunda apreciación y en que me hiciera un verdadero fan del estilo y ambientación del videojuego.

“Ok, así que el Bastón enroscado no es lo más efectivo contra Bestias infectadas o perros… Son demasiado rápidos y no les hago suficiente daño. O es que soy muy malo jugando con esta arma. No, no puede ser eso. Está bien… Ya está… Ay, maldita sea, no… un cerdo de las cloacas… Ok, bajemos… Seguro que el látigo hará maravillas contra un cerdo gigante en un espacio cerrado…”